Literatura Infantil: Literatura de Niños

Por Marco Andrés Montenegro

Imagino la Literatura Infantil como el testimonio de un niño que ha sobrevivido a los esfuerzos que la sociedad despliega permanentemente para acallarlo: un niño que vive escondido, camuflado en la intimidad de un ser humano que creció, como la mayoría, sometido a la presión incesante de sucesivas capas que desde el exterior lo van blindando y dándole porte y volumen hasta transformarlo en adulto. Un niño que es Padre del Hombre, como pensaba Wordsworth.

Ese niño escribe desde su escondite, envía señales a otros niños -escondidos o no- para que sientan su presencia y se reconozcan en él; para que se encuentren con él y compartan la frescura de un oasis hecho a la medida de sus sueños.

Solo escrita por un niño puede una Literatura ser Infantil. Solo quien conoce -por haberlo vivido y vivirlo aún, como fuera del tiempo- el universo misterioso de la Infancia, puede llegar al corazón de un niño sin intentar moldearlo o avasallarlo.

Ese niño que se escribe a sí mismo para que otros lo lean, que ha aprendido a leerse en otros niños ocultos, que atesora infinidad de escondites infantiles en forma de otros tantos libros apilados por dentro y por fuera de la memoria, es el Escritor que, literalmente, vive de la Literatura para niños y forja con su vida esa Literatura. El Escritor que se cita porque necesita alumbrar el camino de la Infancia, que conoce sus recovecos y sus sombras, y quiere tender una mano al que recién comienza el recorrido para ayudarlo a que tropiece lo menos posible o, por lo menos, a descubrir con qué tropieza y cómo volver a levantarse una y otra vez.

Conocí algunos de estos escritores-niños durante mi infancia. Andersen, por ejemplo, fue capaz de dejar grabada a fuego esa sensación  de vaga incomodidad que experimentamos a veces, sin importar cuán pequeño sea el objeto que la produce ni cuántas capas nos separan de él. Recuerdo claramente lo improbable que me parecía el insomnio de una Princesa a quien veinte colchones no libraron de sentir la molestia de un guisante puesto en su cama para comprobar su condición de tal. Guardando las diferencias de género y, por cierto, de linaje, hasta el día de hoy esta historia se presenta a sí misma como un guisante  en mi propia conciencia y prueba incesantemente su efecto, a la vez perturbador y tranquilizador.

Otro de aquellos niños llegó a mi casa como regalo de los padrinos de uno de mis hermanos (a quien aún llamamos Mafi, por Mafalda, claro), disfrazado de libro de cuentos con tapa de género y pintura dorada. Esta última desapareció poco a poco -se nos quedaba el dorado en los dedos, como diría Flaubert- pero el niño sentado a los pies de un árbol florido junto a un Gigante enternecido resultó imborrable. Tuve ocasión de comprobar -torpemente, tal vez- la intensidad de los cuentos de Wilde, cuando más tarde se los leí a mis hijos: Cristóbal no soportó la arrogancia del Niño Estrella frente a  su madre y llorando corrió a esconderse en la habitación contigua. No solo me costó sacarlo de ahí sino también y sobre todo, del misterioso país de las lágrimas.

Como me costó igualmente sacar al Principito de mi bolso, cuando ya mi edad lo empezaba a volver impresentable, y antes de alcanzar la necesaria para que esto dejara de importarme. Debo decir que se vengó: ha colgado del cielorraso de mis tres últimas casas, de pie sobre su planeta de papel maché y atento a cada puesta de Sol, como regalo de mis hijos, a quienes no se les escapó mientras se los leía, que éramos muchos los niños que oíamos, incluyendo a Saint-Exupéry.

Bebí por supuesto, como cualquier alumno de un colegio francés, de la poción mágica de Astérix y me instalé tranquilamente a ver cómo los romanos se estrellaban contra el legendario carácter de los franceses que lo ven todo bajo el prisma de su idioma fascinante. Conocí en francés a Petzi, el osito danés que comía “du riz au chocolat”, a Lucky Luke, solitario como yo, y a Tintin, el belga que hoy parece estar de vuelta.

Vino luego el Fotógrafo Loco, cuyo paseo por el País de las Maravillas leí a instancias de mi profesor de filosofía, quien lo consideraba un perfecto y alucinante tratado de lógica. También Michael Ende, con esa Historia Interminable que desafiaba su apellido y que acaba de heredarme un gato al que mi hijo Miguel Ángel llamó Falkor; con los Ladrones de tiempo que no pudieron con Momo y su arte de escuchar; o el Gigante Aparente, que no solo no asustó a Jim Botón sino que me regaló la mejor herramienta para hablar del miedo con los niños y conmigo mismo. Me subí a los gansos de Nils Holgersson con dos niños a cuestas y juntos leímos y sentimos latir el enorme Corazón del amable Garrone. Y, única entre todas: Matilda, por cuyo insuperable ejemplo de voracidad literaria agradezco a Roald Dahl y a sus nietosMe cuesta esperar para leerlo con mi pequeño León que aún no cumple cuatro años (la paciencia no es virtud para lectores).

Leer es mi forma de mediar; hacerlo en Voz Alta para mis hijos y algunos más, mi forma de quitarme de en medio para que se oiga la voz de los niños viajando por el tiempo. Aprendí siendo lector que todos los libros hablan y siendo músico entendí que también oyen y cantan.

Del Silencio a la LecturaLectura