Lectura

Por Cristian Trujillo
  • En el inventario de actividades humanas, la lectura ocupa un lugar privilegiado en nuestras sociedades desde hace ya bastante tiempo. El lenguaje se desarrolla en los niños de manera natural y no es necesario generar una metodología para su aprendizaje en la oralidad: casi todos aprendemos a hablar por simple imitación. Por el contrario, tanto la lectura como la escritura requieren de una sistematización de su enseñanza. Es por esto que en las sociedades letradas se invierte una cantidad considerable de tiempo y recursos con el fin de preparar el camino de lo que será el aprendizaje de todo cuanto llegamos a saber, a lo largo de la vida, por medio de la lectura de diversos textos. Sin embargo, resulta paradójico que todo ese esfuerzo no se manifiesta finalmente en la vida cotidiana más allá del ámbito escolar. Un colegio puede llegar a utilizar un 20% de su tiempo académico en actividades relacionadas con el lenguaje, no obstante, nuestros índices de comprensión y de lectura están muy por debajo de todos los esfuerzos y recursos invertidos.

  • Es por esto que cualquier política o acción que pretenda generar cambios sustanciales en los bajos índices de lectura en nuestro país, necesita partir de la urgente revisión de lo que entendemos por lectura. Más allá de las definiciones académicas y políticas es necesario llegar a un acuerdo sobre el significado de este concepto, en tanto la lectura tiene repercusiones mucho más amplias que la simple definición de si un estudiante puede o no entrar a la universidad. Parece que la lectura ha sido relegada a una función simplemente utilitaria y solo algunas personas pueden disfrutar de ella en espacios distintos al colegio. ¿Utilizaremos la lectura simplemente como un indicador de habilidades que nos diga qué persona es más capaz que otra y así definiremos el futuro de los ciudadanos? ¿O será la lectura un eje configurador de una sociedad más inclusiva, creativa, reflexiva y participativa?

    La forma como se trabaja la lectura en nuestras salas de clases está definida a corto plazo por las evaluaciones a las que se somete a los estudiantes. Por lo tanto, las actividades de lectura decantan principalmente en la preparación y ejercitación de pruebas estandarizadas para que los estudiantes rindan un buen Simce y una buena PSU. Todo esto se disfraza con una supuesta preocupación por la calidad de la enseñanza que reciben nuestros niños y niñas, pero a la larga sabemos que hay colegios que se desgastan por ser considerados de excelencia y otros se esfuerzan con tal de no quedar tan abajo en el ranking. Más allá de todo este entramado de políticas públicas y pedagógicas, nuestra sociedad tiene a la lectura como una de las actividades más olvidadas de nuestra cotidianidad.

    Según los Planes y Programas del Ministerio de educación es “prioridad de la escuela formar lectores activos y críticos, que acudan a la lectura como medio de información, aprendizaje y recreación en múltiples ámbitos de la vida” (p. 36). En este sentido es fundamental que el profesor reconozca el valor cultural que se le asigna a la lectura, pues a través de ella “los estudiantes participan de una herencia cultural que se conserva y a la vez se transforma, se actualiza y se reinterpreta. Así, adquieren conciencia de ser miembros de una comunidad de lectores con la que comparten un bagaje común, conversan acerca de sus descubrimientos y opiniones, y colaboran para crear significados.” (p. 36). ¿Estamos dispuestos a generar un cambio en nuestra forma de concebir la lectura o seguiremos impulsando prácticas que la degradan al nivel de lo indeseado? ¿Estamos dispuestos asumir las responsabilidades que conlleva entregarle voz al lector y hacer realidad el modelo propuesto por los mismos programas de estudio?

    Sabemos que la lectura ocupa un rol fundamental en nuestra forma de concebir la sociedad; tenemos un sistema de creencias y valores que se sustenta en lo escrito y la lectura debiese ser la herramienta que nos permita formarnos y comunicarnos de la mejor manera. Nuestra constitución define la educación como un derecho, por lo tanto la lectura es un derecho connatural a cada uno de nosotros. Contamos con una infinidad de posibilidades de lectura, lo que menos faltan son libros; existen profesores y familias con ánimo de generar un cambio de perspectiva; hay bibliotecas y libros muy atractivos; y por último, y en lo absoluto lo menos importante: las escuelas están llenas de niños y niñas con ganas de oír una buena lectura y que en sus casas siempre van a preferir la compañía del padre o de la madre junto a un libro antes que el vacío y la instrumentalización de la televisión e internet. Se trata únicamente de una decisión.

  • Para continuar con una discusión que hace rato que ya se lleva adelante, y a la que le queda mucho camino por recorrer, se sugiere la lectura de dos artículos que abordan la problemática de la lectura. El primero se pregunta a partir de su título ¿Qué es leer? ¿Qué es la lectura? En palabras de Elsa Ramírez se realiza una revisión teórica sobre la mirada que diversos autores han dedicado al concepto de lectura. El segundo revisa el concepto de lectura y analfabetismo a la luz de las diferentes indicaciones que realizan diversos organismos internacionales a los países en vías de desarrollo. Estas indicaciones apuntan principalmente a reducir el analfabetismo y a mejorar las prácticas educativas respecto a la lectura. A partir del supuesto que la lectura es clave para el desarrollo de las naciones, Adolfo Rodríguez en Definiendo la lectura, el alfabetismo y otros conceptos relacionados, revisa estos nociones para develarnos las dificultades y las diversas visiones con las que nos podemos encontrar. Buenas lecturas.

Literatura Infantil: Literatura de NiñosComunicado El Placer de Oír Leer 2015