Del Silencio a la Lectura

por Marco Andrés Montenegro

Tradicionalmente se asocia la lectura al silencio: el lector busca un espacio adecuado para centrar su atención en el texto, para sumergirse en él sin distracciones, para no verse obligado a interrumpir ese momento especial dedicado al goce del pensamiento y la imaginación ajenos, de la fantasía creadora o la revelación poética. El silencio lo protege, lo aísla, le sirve de escudo; puede leer en paz y convertirse, por un momento, en “un extraño para el mundo”.

Ahora bien, pocos dirían que el silencio sea la norma en nuestros días; lo cual, al lector, por otra parte, le tiene sin cuidado. Sentado en un café o deshidratándose en el metro (si le tocó la capital por biblio-habitat); compartiendo el espacio sonoro con las cotorras argentinas en cualquier plaza, a cualquier hora; viajando de un punto a otro de una novela (de una interrupción a otra) como un niño que descubre -lápiz en mano- el dibujo oculto bajo esa misteriosa constelación en su libro de actividades, da igual. Un lector convencido hará caso omiso de los frenazos y las bocinas, de los pelotazos y los gritos, y oirá únicamente la voz que salta de la página y se cuela por sus oídos. La que en su interior levanta luego impaciente la mano cuando el libro empieza a hacer preguntas. La que responde aunque no sepa de qué le están hablando.

Pero resulta que esa voz que siembra el silencio en torno suyo, que hace callar al mundo para hacerse oír, solo parece manifestarse si al lector le leyeron de niño. Si le regalaron una a una las palabras y se las dieron a guardar en la memoria como las notas de una melodía personal e inolvidable. Y ojo, que no lo digo yo, sino la ciencia, en la voz de Johannes Ziegler, un investigador de la Universidad de Provence, quien atribuye a las palabras una “forma sonora” que impregna su forma escrita y que el lector experto traduce como su música característica al leer en silencio: las letras sobre el papel se transforman en sonido virtual, el mismo que producirían de ser leídas en voz alta. Y es del análisis de esta música virtual que se deduce su sentido.

Pero quien no haya tenido la suerte de recibir asiduamente el regalo de la lengua, experimentará al leer no el silencio cómplice que permite oír sino más bien un vacío donde la música del lenguaje no resuena ni se propaga; un silencio en el cual no se recuerdan las palabras y en consecuencia no se entienden. Un silencio aterrador.

 

 

 

 

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